Bejo pinta su evolución en vivo: del vacilón al interiorismo, una noche de arte total en Sala Pandora

Bejo pinta su evolución en vivo: del vacilón al interiorismo, una noche de arte total en Sala Pandora

Bejo pinta su evolución en vivo: del vacilón al interiorismo, una noche de arte total en Sala Pandora

sábado, 22 de noviembre de 2025

22 de noviembre de 2025

Cuando cruzamos la puerta de la Sala Pandora, Bejo ya estaba en plena marcha, más puntual que un reloj. No hacía falta el cartel para saberlo: bastaba con seguir las vibraciones que rebotaban en los muros del recinto, envueltos por la silueta inflableenorme, cómica, casi doméstica— de su propia cara colocada a la izquierda del escenario. Al fondo, el DJ —Pimp, esta vez— operaba como centro de gravedad musical. Al frente, Bejo, pantalones de guepardo, gafas translúcidas, chaqueta marrón y botas Timberland, sostenía el espectáculo como quien narra una historia, más que como quien recita canciones.

Los primeros minutos para nosotros fueron una entrada a destiempo, una especie de zambullida directa al universo Bejo sin prólogo. Para el resto del público, era ya un recorrido por sus esenciales: los clásicos que definen una década de carrera entre el vacileo isleño y el ritmo contagioso. No hubo presentación ni aviso. Solo el sonido: ese beat familiar que recuerda por qué Bejo, aun sin megaproducciones, llena salas. Todo fluía con naturalidad. Y todo, en Pandora, parecía tener un ritmo propio, como si la escenografía mínima fuera más un lienzo que un decorado.

🥭 Postre, mango y carcajada: el Bejo de siempre

Estábamos comiendo aquí en Sevilla, en la Alameda… y cuando llegó el postre me dijeron: ‘¿Qué vas a querer?’ y yo no supe qué contestar…” La pausa cómica anticipaba lo inevitable: Mango. No como tema, sino como acto. Como monólogo isleño devenido en canción, en gag, en tradición. Así, Bejo desplegaba uno de sus gestos más característicos: convertir lo cotidiano en microespectáculo. Con la misma lógica con la que reparte bollería en sus shows, en Sevilla el postre se convirtió en performance.

Ese humor costumbrista, ese uso despreocupado pero meticuloso del absurdo, sigue siendo su seña de identidad. Lo ha sido desde Hipi Hapa Vacilanduki (2017) hasta Chachichacho (2020): el Bejo que observa, imita y ríe con la vida. Esa identidad no desaparece, pero en 2025 ya no es el único registro. Hay otra capa. Más profunda. Y, en esta pequeña gira, se nota que ha decidido mostrarla

🕶️ Gafas fuera: el nuevo Bejo y su “interiorismo”

La semana pasada saqué un álbum. Estoy muy contento de poder cantarlo hoy aquí en Sevilla por primera vez… He cambiado muchas cosas, una de ellas es que me he quitado las gafas de sol.” No fue una frase al azar. Fue una declaración.

Bejo se quitó literalmente las gafas translúcidas antes de cantar Estoy allá, abriendo el tramo más introspectivo del show. Detrás, los visuales proyectaban la estética contenida y sobria que ya anticipaba El Interiorista, su nuevo proyecto: un álbum-cortometraje que es más mapa emocional que recopilación de temas.

Con La pieza que falta, la mirada se volvió hacia adentro. La escenografía seguía siendo modesta, pero bastaban las luces y el tempo para marcar el cambio. Ya no había risas; había una escucha suspendida. El Bejo que hablaba ya no era solo el MC vacilón, sino el tipo que reconoce en público que se ha quitado algo —las gafas, los filtros, las máscaras— para mirar más claro. En ese gesto, aparentemente mínimo, reside buena parte de su evolución artística.

🗣️ Vocales en comunidad: la voz es del público

Si algo define un concierto de Bejo, es que la voz no es solo suya. En Pandora, volvió a hacer magia con una dinámica que se ha vuelto habitual y extraordinaria a la vez: pedir al público sonidos vocales —“Uuu”, “Eee”, “Aaa”, “Iii”— y ensamblarlos como si fueran partes de una orquesta coral, interpretando acto seguido uno de los temas más icónicos de Locoplaya: Qué dice la juventud?

Ahora quiero unas voces angelicales, recién bajadas del cielo…”, dijo con tono de guía espiritual travieso. Y Sevilla respondió. Lo que parecía un juego se convirtió en una experiencia casi tribal: Bejo dirigía, el público interpretaba. Así construyó comunidad, una vez más. No desde el escenario, sino desde el sonido compartido. Algo que forma parte de su ADN artístico desde sus inicios: la música no como monólogo, sino como código colectivo.

💥 Rap en explosión: del Pompa al Pino Montano

El tramo más energético del concierto fue, curiosamente, también uno de los más históricos. Tras Poco —coreado con cuerpo entero por una sala en ebullición— y Pompa, con luces rosa y verde iluminando los compases, Bejo se permitió una conexión local: “Un ruido fuerte para Zatu, para SFDK…

La referencia no era decorativa. Era un guiño al rap andaluz que marcó generaciones. Desde el escenario, Bejo citaba Pino Montano no como postal, sino como mapa. Con Onomatopella, empujó el show hacia su fase más saltimbanqui, haciendo de cada beat un giro escénico, de cada verso un chispazo. En esos momentos, quedó claro su papel: el de puente. Entre el rap clásico y el nuevo; entre la calle y el escenario; entre la fiesta y la mirada.

🎭 Teatro en verso: Dora, Jacobo y el microdrama

Una banqueta. Un foco. Y una historia: Dora the Explorer. En ese silencio contenido, Bejo reveló su faceta más cercana al teatro narrativo. No gritó. No brincó. Simplemente se sentó y contó. O cantó. O ambas.

La figura de Jacobo —runner del tour, transformado en personaje escénico— aparecía y desaparecía como gag recurrente, enhebrando momentos y humanizando el show. Bejo no solo canta: escribe escenas. En Pandora, cada gesto tenía una función dramática. No eran solo transiciones: eran actos. Ahí radica parte de su singularidad: en su capacidad para hacer microteatro sin dejar de ser un rapero. Un pie en el show, otro en la dramaturgia del absurdo cotidiano.

🎨 Pintar un “dibejo” en directo: el artista performativo

¿Quieren verle pintar un di-bejo en directo?”, preguntaba Siri con voz enlatada mientras se encendían las luces y aparecía un caballete. Bejo, rotulador en mano, comenzó a pintar un retrato de Jacobo mientras Siri narraba una reflexión casi… ¿Filosófica?: “La mirada es el espejo del alma, los animales no tienen alma, porque no tienen espejos…”.

El público, ahora en modo galería, observaba en silencio ritual. Este fue el clímax conceptual de la noche. El Bejo de El Interiorista, en su faceta más performativa. El rapero que dibuja en tiempo real, que convierte el escenario en estudio, que funde música, visuales y relato.

🚗 Del perreo al coche: clausura con humor y autotune

Yo el otro día me compré un autotune… pero uno que va integrado.” La frase, lanzada entre anécdotas sobre coches y compras absurdas en AliExpress, devolvía el tono al costumbrismo delirante que tanto define a Bejo. De nuevo, narrador. De nuevo, bromista. Pero ya no el mismo.

El final fue una fiesta: crowd control con ese “nuevo autotune”, Full Equip, y finalmente Mucho. Esta última no la terminó desde el escenario. Bejo se bajó a la pista, se fundió con la gente. Ya no era artista y audiencia: era una misma masa vibrando. Palmas arriba, sonrisas compartidas, cuerpo colectivo. Comunión perfecta para cerrar un ritual que había transitado por todos los registros.

🧭 El Bejo de 2025: entre el vacile y la profundidad

El concierto de Bejo en Sevilla fue más que un show. Fue una pieza performativa sobre el cambio. Sobre cómo se puede madurar sin perder frescura. Sobre cómo se puede mirar hacia adentro sin dejar de vacilar. En 2025, Bejo no es solo el MC canario del humor absurdo. Es también el autor de El Interiorista, una obra donde el sonido convive con la imagen, donde la rima se transforma en dibujo, donde el escenario se convierte en estudio íntimo. Su identidad canaria sigue presente —léxica, gestual, emocional—, pero ahora convive con un afán por lo completo, por la obra total.

El show en Pandora sintetizó esa transición. Fue un retrato en directo de un artista que se quita las gafas, que sigue cantando mango, pero que ya no lo hace solo para reírse. Lo hace también para entenderse. Para encontrar, entre la risa y el beat, la pieza que falta.

José Antonio C.

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