El aire en los alrededores del Estadio de La Cartuja, en Sevilla, vibraba desde primeras horas con un murmullo expectante: música a alto volumen salía de altavoces, siluetas de tiendas de campaña, mochilas, frío pre‑invernal y la marcial paciencia de quien cree que esas horas valdrán la pena. Era 29 de noviembre de 2025, la fecha reservada para la clausura de la gira española de Anuel AA. Lo que en un principio iba a ser un concierto en el Live Sur Stadium se transformó en un evento de mayor magnitud: la zona de la Fan Zone del Betis reconvertida, escenario al fondo, pantallas enormes, una configuración para más de 15.000 almas listas para estallar al unísono.
Cuando las puertas finalmente se abrieron, la tensión era palpable. En los rostros se adivinaban meses de incertidumbre: cancelaciones, aplazamientos, retrasos recurrentes. En Sevilla, dos fechas habían quedado marcadas: la original, para el 15 de noviembre, cancelada por lluvia; la actual, como cierre de gira. Muchos aficionados nos comentaban en el foso que llevaban días acampados en las inmediaciones, decididos a no perderse lo que prometía ser una noche definitiva. De todas partes de Andalucía y de España: Córdoba, Cádiz, Canarias…
Y ahí, en medio de esa multitud bulliciosa, con respiraciones entrecortadas y expectantes, se comenzó a gestar algo mayor que un concierto: un rito urbano contemporáneo, una comunión entre un artista polémico y una legión de seguidores dispuestos a ser Reales Hasta la Muerte.

Imágenes vía Instagram @afuego.tours
🔄 Cierre de gira: historia, polémica y tensión contenida
La gira de Anuel AA por España en 2025 tenía en el calendario varias paradas importantes: Málaga, Pamplona, Murcia, Barcelona, Valencia, Madrid… y Sevilla. Era, en gran medida, una reconexión tras años de actividad concentrada en América Latina. Con shows en la península únicamente en festivales, festivales como Puro Latino, donde hemos tenido el placer de cubrirle múltiples veces. En definitiva, una apuesta de la promotora por reactivar su presencia en Europa, de cara al esperado lanzamiento de su nuevo proyecto discográfico, Real Hasta la Muerte 2 — un retorno simbólico, tanto artístico como comercial.
Pero la gira no estuvo exenta de turbulencias. Varias fechas canceladas o aplazadas: la de Sevilla fue la más dolorosa para muchos fans. A ello se sumaron los habituales retrasos, y en ocasiones recortes en el repertorio o cierres abruptos debido a los horarios límite de los recintos. La prensa especializada en otras fechas no ha sido amable, describiendo el tour como “caótico”. Y sin embargo, los sold‑outs se siguieron repitiendo.
Así, el concierto sevillano llegó envuelto en una mezcla de desconfianza y esperanza. Para muchos era la oportunidad de cerrar heridas, de recuperar la fe en la promesa de un show digno, con luces, pirotecnia, producción al nivel de un estadio, y un artista con 33 años recién cumplidos tratando de recomponer su relación con un público europeo impaciente.
✨ La producción: un estadio transformado
El cambio de recinto no fue una mera cuestión logística, sino una afirmación: La Cartuja no sería simplemente un venue más, sino un templo temporal del trap y el reguetón urbano. Tras el campo, el escenario se alzaba majestuoso, coronado por una pantalla LED que cubría toda su trasera. A sus pies, un provocador LCD — reflejo literal de la modernidad visual del show — sobre el que las proyecciones y efectos jugarían un papel central.
Cuando cayó el telón, la producción desplegó todo su potencial: pirotecnia, chorros de CO₂, haces de láser que cortaban la oscuridad, visuales urbanos, luces cenitales, una realización en vivo impecable. Las bailarinas, vestidas inicialmente de rojo, aportaron un contraste estético que rompía con el barrio, con el origen callejero del trap, para vestirse de espectáculo. Fue, sin duda, un paso adelante respecto a los conciertos en salas o arenas de ediciones anteriores.
Para un artista como Anuel — con una base fiel, pero acostumbrado a shows en festivales — el salto a este formato de estadio tenía riesgos. Pero la apuesta salió en gran medida bien. La producción, a cargo de las promotoras RiffMusic (con apoyo de The Music Republic y Mad Music), ofreció una experiencia visual y sonora digna de una gran gira internacional.

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🔥 Subiendo el telón: cómo fue el concierto
🟦 El arranque de la noche
Pasaban las 22:10 cuando las primeras notas de “47” sacudieron los altavoces. Una hora después del horario previsto — la impuntualidad, marca de la casa en esta gira — Anuel apareció tras una cortina de humo. Camiseta de manga corta, gorra roja, gafas oscuras, pantalón rasgado, cadenas y relojes: imagen de calle, pero también de estrella conocida. El grito colectivo retumbó en cada grada, cada foso. La espera se convirtió en explosión.
Ese arranque no fue casual: “47” como preámbulo incendiario. Y con él, la tensión acumulada de días, cancelaciones, dudas, se liberó en un clamor. El ambiente cambió: la expectativa se convirtió en celebración.
🌑 Primera fase: raíces, legado y reafirmación
El discurso del concierto no titubeó. Con “Medusa” — tema que en su día compartió con figuras como J Balvin o Farruko — y luego “Amanece”, “Más Rica que Ayer” y “Pacto”, Anuel trazó un puente entre el origen urbano y el presente de estadio. Su voz rasgada, potente, resonaba sobre las luces, y el público respondía como una sola masa.
Durante “Pacto”, el artista alzó la voz y dijo: “tenemos que tener también los mejores traps de hace diez años… Todo el mundo conmigo.” Aquella frase no era solo un guiño nostálgico, sino una declaración de principios: reivindicar su pasado, no renunciar a sus raíces. Acto seguido, “La Ocasión” provocó una ola de nostalgia en quienes siguieron su carrera desde sus inicios, y al mismo tiempo una reafirmación de su vigencia.
El efecto fue doble: para los más veteranos, una sensación de reencuentro; para los recién llegados, una inmersión en un legado que, más allá de modas, continúa resonando. Esa reconstrucción de identidad a través del trap fue, sin duda, uno de los pilares del show más sólido de la noche.

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🎯 Segunda fase: espectáculo, volumen y exaltación urbana
Con “Reloj”, la atmósfera cambió: los visuales mecánicos inundaron la pantalla trasera, dominados por engranajes, manecillas girando, tiempo suspendido. Las bailarinas hicieron su entrada, iluminadas por luces celestes. Pirotecnia, CO₂, haces de láseres. El provocador LCD vibraba bajo sus pasos.
Temas como “Delincuente”, “Sola”, “BBY BOO”, “Yeezy” y “Little Demon” formaron un bloque eléctrico. “Sola” bajó el tono ligeramente, pero mantuvo intensidad. “BBY BOO” desprendió una ferocidad moderna, con un ritmo inexorable. Al llegar “Little Demon” — uno de sus lanzamientos más recientes — el show alcanzó su plenitud visual: pirotecnia sin visuales, realización en vivo, látigos de luz, gritos, masas moviéndose como un solo organismo.
Un espontáneo subió al escenario entre la gente: “¡Una bulla pa’ Juan!” gritaba el artista. Fue un momento espontáneo, crudo, urbano. Esa mezcla de show millonario y espontaneidad callejera hizo evidente el doble rostro de Anuel: estrella global y voz de barrio.
💔 Tercera fase: el Anuel sentimental — vulnerabilidad y comunión
De pronto, luces tenues, ambiente minimalista. “Corazón Roto” abrió un espacio distinto: el beat era más suave, la voz más cercana. Y con “La Última Vez”, algo cambió para siempre en la noche. Las visuales desaparecieron, las bailarinas se retiraron, el escenario se redujo a su esencia: voz y público. Otro espontáneo subió al escenario, en esta ocasión un niño de unos diez años. Con su inocencia y timidez, comenzó a cantar junto a Anuel. Al finalizar, el artista bajó la mirada y cerró con un a cappella.
Aquel momento fue una tregua emocional: en medio de la euforia, un instante de calma, de comunión. Las miles de personas en La Cartuja no gritaban, no saltaban; escuchaban. Y muchos lloraban. Esa transición del trap duro al latido humano fue, posiblemente, uno de los pasajes más potentes de la noche.

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❤️🔥 Emoción, himnos y comunión con el público
Tras ese respiro, la noche retomó su pulso con “Hasta que Dios Diga”. Con chorros de CO₂ ascendiendo al cielo y un Anuel casi templado, lanzó al aire: “Lloren esta conmigo. Conmigo mi reina, conmigo”. Las voces se elevaron. Con “Bubalú”, la intensidad se transformó en nostalgia colectiva: miles de flashes encendidos, cuerpos oscilando, luz compartida…
“Castillo”, “Culpables” (donde las bailarinas reaparecieron), “Me Contagié” — acortada, pero con potencia — recuperaron el ritmo, la calle, el barrio. Al sonar “Delincuente”, un quad decorado con la serigrafía de “Real Hasta la Muerte” irrumpió en escena. La estética urbana se mezcló con lo circense; el trap se transformó en espectáculo visual.
Llegó entonces “Soldado y Profeta”: luces rojas, láseres, una densidad sonora que abrazaba los confines del estadio. Entre aplausos y gritos, “Street Poem” bajó la intensidad pero aumentó la conexión: muchos cantaban, otros lloraban. “Ella quiere beber” se convirtió en un pico de euforia: luces verdes y amarillas, cuerpos bailando, adrenalina compartida.
Cuando comenzó “23 Preguntas”, la atmósfera cambió otra vez: luces rosas, un silencio expectante, voces en coro. A cappella, el público tomó el control de la melodía: un momento íntimo, colectivo. Y con “Secreto”, confetti rosa y luces celestes envolvieron el venue. El homenaje, real, intenso, a una historia de amor, pérdidas y éxitos.
El fin se acercaba. Con “BEBE” y su pirotecnia, el show recuperó la energía; con “Lamborghini”, visuales de hoteles, palmeras y una luna llena se proyectaron sobre la pantalla LED: un cierre simbólico, urbano, orgulloso. “Mírame Remix” — guiño a su colega Blessd, quien ese mismo día también estaba presente en Sevilla, en Sala Pandora — recogió el testigo de la noche, una unión implícita del trap latino en Sevilla.
Y cuando “China” cerró el repertorio, las explosiones de CO₂, los lasers, la pirotecnia y un rugido colectivo culminaron en un clímax absoluto. Más allá de la música, era una celebración de cultura, pertenencia, barrio y globalidad.

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🔚 Balance final: redención, legado y lo que viene
A las 23:45 horas, tras casi dos horas de intensidad, espectáculo y emoción, Anuel volvió al centro del escenario. Miró al público, bajó la voz, y dijo: “Que Dios me los bendiga Sevilla, disculpa por lo ocurrido, que este era el primer concierto de la gira y ha acabado siendo el último… ¿¡Real hasta la que!?” La frase no sonó a disculpa tardía, sino a cierre simbólico: un fin, sí, pero también un renacimiento.
Desde la mezcolanza de críticas, cancelaciones y retrasos, aquella noche pendía de un hilo. Hubiera bastado un fallo, una mala coordinación técnica, una grieta en la producción, para convertirlo todo en fiasco. Pero no ocurrió. Lo que pasó fue una redención: no solo del artista ante sus seguidores, sino de su propia narrativa. Anuel se presentó ante Sevilla —y con ello ante Europa— con los puños en alto, la calle en la voz y el espectáculo en la espalda.
Para muchos, este concierto fue más que un show: fue un acto de fe. Fe en que el trap latino no es efímero, que el lema “Real Hasta la Muerte” trasciende discos, polémicas y fronteras; que lo urbano puede convivir con los intereses de las multinacionales. Fue, en definitiva, una reivindicación colectiva.
¿Fue una redención completa? Tal vez no. Las dudas sobre su puntualidad, la incertidumbre de un tour lleno de tropiezos, siguen ahí. Pero la huella de esta noche es clara: Anuel AA demostró que, más allá del ruido mediático, sigue contando con el poder de convocar — no solo a un público, sino a una comunidad.
Y mientras el confetti rosa flotaba en el aire de La Cartuja y las luces se apagaban, la pregunta flotó con él: ¿será este cierre el preludio real de un nuevo ciclo? ¿El punto de inflexión antes de “Real Hasta la Muerte 2”?
Para Sevilla —para la escena urbana, para Europa—, la noche no concluyó: apenas acaba de comenzar.






